Antaño explotada hasta la saciedad por sus ingentes recursos económicos, el área de Monte León (Argentina) recupera lentamente su vigor ecológico en medio de espectaculares paisajes.

Monte León es uno de los parques nacionales de Argentina de creación más reciente y el primer espacio costero de Argentina que merece tal rango de protección. Fue inaugurado en 2004 a partir de la reconversión de una antigua estancia de más de 60.000 ha. de usos múltiples en un santuario para la conservación de la flora y la fauna terrestre y marítima. Está situado en la Patagonia costera, sobre el eje de la RN 3, unos 30 km al sur de la población Comandante Luís Piedrabuena y abarca cerca de 40 kilómetros de litoral.

          

Más allá de las extraordinarias cualidades paisajísticas del lugar, el valor histórico de Monte León radica en la riqueza y diversidad de su ecosistema y su aprovechamiento por parte del hombre. Desde tiempos remotos fue cazadero de tribus nómadas, posteriormente asentamiento de poblaciones tehuelches y desde la colonización europea a mediados del siglo XVIII, sometida a una explotación sistemática y desaforada de sus recursos marítimos. Barcos ingleses, estadounidenses, franceses, chilenos, etc. recorrían estas costas en busca de lobos marinos, ballenas y, de paso, recogían el guano de las colonias de aves marinas para usar como fertilizante en la agricultura. Tal fue la importancia económica del lugar, que el gobierno argentino de la época decidió crear la Subdelegación Marítima de Santa Cruz en 1878 para asegurar el control de los recursos, dando lugar a la creación de la población Puerto de Santa Cruz.

          

La lobería de Monte León es un apostadero permanente, utilizado por hembras y ejemplares jóvenes para el descanso y la crianza. Debido a lo empinado de la costa, no hay nacimientos y tampoco suele haber machos adultos y, en consecuencia, tampoco disputas por el control de los harenes. Podría decirse que es un lugar de relax para el lobo marino. En las horas favorables del día -altura de la marea, viento, etc.- pueden observarse cerca de 400 animales. Es un número notable, desde luego, pero insignificante si lo comparamos con los más de 10.000 animales que se calculaba había a comienzos del siglo XX en las costas de Cabeza de León y las playas y acantilados de la Isla de Monte León.

Sirvan las fotografías que acompañamos para ilustrar ese antes y la actualidad. Solo en el año 1940 se cazaron más de 7.000 lobos. Los desmanes de la industria que comercializaba sus cueros y su grasa continuaron hasta 1970, fecha en que se decretó su protección mundial. Desde entonces, la lobería de Monte León asiste a una lenta pero sostenida recuperación pues su nutrición también está asegurada por la protección periférica de las aguas.

          

El otro sostén de la industria extractiva de la época fue el guano y Monte León fue un yacimiento de primera magnitud en toda Sudamérica. El excremento de las aves como el cormorán imperial, llamado ‘Guano’ fue durante el siglo XIX hasta bien entrado el s. XX un fertilizante muy apreciado en la agricultura por su alto contenido en nitrógeno, fósforo y potasio. Durante años, la Isla de Monte León, distante unos 70 metros de la costa, fue la mayor explotación de guano de la Argentina. Se calcula que se extrajeron unos 10 millones de toneladas, que rebajaron considerablemente su altura -comparar fotos de archivo y actual- y diezmaron las colonias de gaviotas y cormoranes. En 1996, con la declaración de Reserva Provincial, cesó la extracción de guano en la isla y, desde esa fecha, las poblaciones de gaviotas y cormoranes están en fase de recuperación.

          

Una herrumbrosa caldera para obtener aceite derritiendo la grasa de los lobos y el cableado de un puente colgante / tirolina entre el continente y la isla también usado para la extracción del guano es lo que queda de aquella explotación irracional.

Superados -o al menos detenidos- estos dramas medioambientales, Monte León es igualmente una lección geológica de supervivencia y acomodo continuado a las severas condiciones climáticas de la zona. Los agresivos y permanentes procesos erosivos del viento y el mar sobre un territorio formado por sedimentos modelan y transforman playas y acantilados de tal suerte que en pocos decenios es posible apreciar cambios a lo largo de la costa. Abrigos y cavidades que desaparecen, como ‘La Hoya’, una especie de cueva marina, enorme, hundida en 2006 por la acción de la marea; oquedades y grietas descomunales de nueva formación entre acantilados de paredes verticales, bahías que modifican su profundidad y arco, playas descomunales, extensísimas, habitad del pingüino de Magallanes, que cambian su gradación hacia el mar por el influjo de las fuertes mareas, entre 5 y 7 metros de desnivel promedio.

          

Todo ello es posible verlo y es una de las experiencias más gratificantes de Monte León… a condición de ir provisto de una tabla de mareas. Salir a caminar cuando se inicia una fase diurna de bajamar recorriendo acantilados, playas y apostarse en los farallones de la isla mientras el mar estalla literalmente a nuestras espaldas, transformándose en una agitada capa de espuma que parece sobrepasar nuestras cabezas, es una sensación excitante… aunque arruga, para que engañarnos. Pero no conviene encantarse, el mar sube con rapidez, el oleaje es muy fuerte y las piedras, si es que existen agarraderos, son muy resbaladizas…

          

La tierra firme es paisaje típico de la estepa patagónica. Es un terreno árido, con algunas quebradas, suavizado por la presencia de colonias arbustivas de mata negra -arbusto resinoso de tonalidad oscura- y el inevitable y correoso coirón. Tropillas de guanacos y choiques animan la escena, aunque también es fácil ver a armadillos, zorros y zorrinos merodeando como buenos oportunistas que son por espacios de presencia humana asidua. En el sector más meridional del parque pueden observarse grandes colonias de pingüinos de Magallanes, unas 60.000 parejas según fuentes del parque. En el sendero que conduce a los puntos de observación de las pingüineras no resulta extraño observar rastros de la presencia frecuente del puma en forma de huellas o heces que delatan que el pingüino figura entre sus platos favoritos. Chema Huete

          

Apuntes prácticos:

Al margen de la entrada principal, con inmuebles de la estancia original reconvertidos a los usos y necesidades del parque, hay posibilidad de pernocta en un área delimitada (de pago) en el sector costero. Los servicios son básicos -wc, pequeña proveeduría, etc- y mejor llevar agua potable consigo; la del grifo es imbebible e insalubre, al menos a fecha de nuestra estancia (mediados 2017).  No hay servicio de electricidad.

Las estancias y visitas son más tranquilas entre semana. Los sábados y, sobre todo, domingos con buen tiempo, la afluencia de lugareños en la zona de acampada, donde está permitido hacer fuego -los populares asaditos- es notable.

No internarse por los acantilados sin una tabla de mareas o el conocimiento de los horarios facilitados por el servicio de información del parque.